Un club de jazz (*)
No porque se expenda alcohol, se toque y se escuche jazz, un sitio es un club de jazz. Puede ser, eso sí, un club de música, un pub, algún tipo de establecimiento donde la música ocupa un lugar mas o menos relevante.
Un club de jazz es un sitio -un tugurio- en el que solo se escucha y solo se toca jazz. Y se expende alcohol.
Un club de jazz es un sitio, escaleras abajo o arriba pero nunca al nivel de la calle que es lo mismo que decir el nivel de la cotidianeidad, en el que se escucha y se toca lo que su dueño y gozoso padecedor decide qué es jazz y qué no lo es. Y no hay mas que hablar.
Alguien, el dueño, cuya cara es impermeable a los imponderables de la taquilla. Un sold out es solo un accidente.
Un club de jazz es un sitio en el que nada se toma demasiado en serio, empezando por uno mismo. El alcohol hace lo suyo. Solo la música que suena es seria, importante. Sagrada. Lo suficiente para merecer un módico silencio. No uno exagerado. Tan módico y tan poco exagerado como el aplauso que ocurre entre tema y tema. Porque tampoco es que suele haber mucha gente para aplaudir. Y menos si se trata de un solo piano.
Eso es Prez.
Algunos de mis discos favoritos han sucedido en vivo. No en teatros, no en auditorios. En barcitos. Que otra cosa es un club de jazz?
Todo lo del Vanguard. Todo. Mucho de lo del Keystone Corner, Monk en el It Club, Kenny Barron y Charlie Haden en aquel Iridium, Getz, Dexter o Kenny Drew en el Montmartre de Copenhague o un par de grabaciones en el tan querible Jamboree en Barcelona.
Hay un tiempo que parece haberse ido para siempre. Ese tiempo, esa atmósfera, esa algarabía austera de gestos parece resistir atrincherada en esos sótanos. Una nubosa atemporalidad, varios metros abajo o arriba del nivel de la calle.
(*) Texto escrito por Adrián Iaies para el disco We'll be together again - Live at Prez. 2024 (Club del Disco)