PIENSO EN LA MÚSICA
Pienso en la música, aún antes de tener conciencia que la estaba pensando como un hub, una gran estación central, un hermoso edificio de techos altos, escalinatas de estilo, con rincones propicios para sentarse y esperar a alguien o que algo suceda.
Un espacio reverberante.
Una estación de trenes –no un aeropuerto, porque en los trenes se advierte más claramente el paso del tiempo y su relación con el movimiento— que puede ser un punto de partida pero también uno al que se llega. Puede ser el viaje en sí, el transcurso. O el deseo de hacerlo, o el momento en que se arribó al lugar deseado. Y, claro, todo eso a la vez. Es más, puede ser el viaje frustrado. Por imposibilidad o porque los planes cambiaron o porque el deseo mutó en desidia.
O solo tratarse de una ensoñación.
Anyway, un hub. Eso es la música. Para mi. Un conector. Una inasible entidad propiciadora. Las cosas suceden porque la música se ocupa de ello. Hasta en un sentido místico. Como un tren que te lleva a muchos lugares, pero también ese mismo tren ya descansando en el andén. Un fin y un medio.
Pienso en el piano. En toda la responsabilidad que conlleva ser un piano. Toda la historia de la cultura occidental cabe en la máquina de un piano. Buena parte de la historia de nuestra civilización puede ser narrada e ilustrada desde un piano.
Soy músico pero soy pianista. Antes que nada. Eventualmente una disciplina –la de pianista—implica la otra. Pero no siempre es así, no diría que un músico es un artesano. Porque hay muchos engranajes de índole intelectual que se ponen en juego a la hora de, justamente, pensar la música. Adentrarse en sus misterios, escudriñarla y, por fin, tener un plan. Una estrategia.
Pero un pianista es antes que nada un artesano. Como un ceramista, como un alfarero, como un tallador. Podría decir un pintor pero es más lo otro. Intuyo que poner las manos sobre el teclado es como ensuciarlas con la arcilla necesaria para hacer una escultura, un jarrón o un algo, una cosa mínima. Diría, poner las manos sobre el teclado –y a través de ellas el alma toda —es enterarse sensiblemente de la esencia de los materiales con los que se va a relatar algo. Un suceso del orden de lo epidérmico.
Todo el proceso intelectual, racional, especulativo, ya sucedió. Sucedió antes.
Ahora es solo poner las manos sobre el teclado y confiar en que algo de nuestra propia vida sea narrado con la misma fluidez con la que cae agua desde arriba de una montaña.
Desde siempre, mi deseo como pianista ha sido el de verme a mi mismo como agua que cae de la montaña. Sin desvíos, nudos o artificios. En caída libre. Abandonarme o, para mejor decir, confiar en que la gravedad haga lo suyo y en esa caída finalmente ser parte de un río que lleva al mar, al océano, que se convierte en lluvia sagrada y vuelve a iniciar su ciclo. Es el modo, mi modo, de creer en Dios. Y funciona.